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14- Testimonio Valiosísmo

Cruzando las fronteras de la Fe

¿Por qué se hizo católico?
Fernando Casanova
, un ex ministro evangélico que renunció para entrar a la Iglesia Católica


La proclamación del Dr. Fernando Casanova responde al gran tesoro que descubrió en la Iglesia Católica. No importa el tema de la ocasión, o si se trata de su testimonio, de una predicación, taller o curso, él siempre exalta la fe, doctrina, espiritualidad y moral católica.

El cuestionamiento principal en el proceso de conversión del reverendo Fernando Casanova fue la Eucaristía. No obstante, él es el primero en reconocer que hubo otros temas importantes con los cuales tuvo que lidiar: la excelencia y el rol de la Virgen María en la historia de la salvación, el culto a la Virgen y a los santos, el primado de San Pedro, el papado, el bautismo de infantes y el sacramento de la Confesión. Siempre, sin excepción, encontró una respuesta contundente a favor de la Iglesia Católica Romana.



El Dr. Fernando Casanova reconoce que no siempre descubrió la Verdad católica por iniciativa propia, sino sin quererlo y sin procurarlo; de hecho, por mucho tiempo se resistió, pues no quería hacerse católico.

Hasta que se encontró retando al Señor sometiéndome, por ejemplo, al sacramento de la Reconciliación (Confesión), y predicando en su iglesia pentecostal sobre María y la Eucaristía, y negándose a bautizar al modo protestante, y rehusándose casar a católicos, y enseñando la versión católica de la teología a los seminaristas evangélicos… y un largo etcétera.

Como era de esperarse, una situación extraordinaria de conversión como esta tuvo que ser muy difícil y dolorosa, sobre todo cuando se pierde el afecto de amigos y los hermanos en la fe, y cuando se sacrifica la vocación para la que se creía llamado por Dios, pero sobre todo cuando se perjudica el matrimonio porque el cónyuge no comprende por qué su esposo decide hacerse católico, con lo antipática que les solía parecer esa Iglesia y sus prácticas.

Los esposos Casanova sólo platican de estas dificultades cuando participan de actividades de evangelización y formación a las que son invitados. Este no es el lugar para versar sobre situaciones privadas tan neurálgicas.

Sin embargo, sí podemos aprovechar algunas líneas escritas por el Dr. Fernando Casanova sobre las razones bíblicas, teológicas y espirituales que tuvo para hacerse católico.

A continuación presentamos un breve resumen de estas razones, que hemos tomado y adaptado de una conferencia que dictó Fernando en la XVI Convención de la Asociación Nacional de Sacerdotes Hispanos de los Estados Unidos, el 11 de octubre de 2005, en San Juan.

En esta conferencia se enfatizó el tema de la Eucaristía, que fue la cuestión más importante en la conversión de Fernando, y luego también de su esposa.


El pentecostalismo y yo


Fui criado en la tradición pentecostal. Nunca conocí otra experiencia de fe. No fue difícil para nuestra familia identificar esa fe evangélica y pentecostal como la causa de nuestra excitante vida espiritual, y como razón de nuestra grata convivencia familiar.

Estaba tan agradecido de Dios por el orden religioso en nuestras vidas, por las nuevas oportunidades que me regaló después de haber abandonado la fe de mis padres, viviendo por algún tiempo una vida juvenil desordenada, que decidí entregarme al Señor en cuerpo y alma. Pronto me sentí llamado por Dios a ser pastor. Respondí enseguida. ¡Qué mejor manera de vivir para mi Dios que trabajar para él!

Pero una vez involucrado en el ministerio se me develaron otras razones para querer procurar una vida espiritual cabal, más aferrada a la Escritura, dependiente de la perfecta voluntad de Dios y en sintonía con la Iglesia que él parecía haber establecido en el Nuevo Testamento. Es que tenía que haber algo más profundo, alternativo, en línea con la intención original de Jesús y en comunión con los primeros apóstoles y con aquella Iglesia primitiva de la que me creía heredero, pero de la cual me distanciaba la realidad que comencé a percibir cuando me inauguré como ministro y pastor.

Al principio me entusiasmé con las propiedades liberadoras de la religiosidad pentecostal, y me adherí a ella con todo el corazón. Cuando accedo al ministerio por convicción y vocación, me di cuenta de que arriba, en el liderato, y lejos de la buena fe del pueblo creyente, se encuentra una actitud generalizada de embaucamiento. De pronto, di al traste con la realidad: yo era parte de una ínfima minoría. Me relacioné con otros colegas que se daban cuenta de la corrupción y de la incongruencia con el evangelio de Jesús, con la idea paulina del ministerio cristiano (cf. 2 Co 11, 4 al 12, 21) y con la vida de la Iglesia primitiva (cf. Hch 2, 42.44; 5, 40; 9, 16; 14, 22; Col 1, 24), pero mis compañeros se conformaban.

Tenían miedo. Les preocupaba más su propio bienestar y sus sueldos, y terminaban haciéndose cómplices de la religiosidad sensacional tipo espectáculo. Vi a muchos sucumbir a la fascinación de los predicadores que presentaban a la religión como un show para escapistas: una incubadora de sentimentalismo que atraía a embaucadores apegados al dinero fácil y a la fama. Estos personajes descollaban como súper apóstoles: “¡el hombre de Dios para este tiempo!” o “el Evangelista Internacional”, de los que se resguardaban al lado de un elegante escudo de armas circundado por las palabras “Mengano Ministries”, o detrás de vistosos letreros con la foto artística del pastor y su esposa.

Estos personajes carismáticos se iban constituyendo en los paradigmas del nuevo ministro pentecostal, un prototipo que yo no quería emular y que rechacé con todas mis fuerzas.


Profesor de teología en el seminario pentecostal

Se me ocurrió que podíamos volver a aquel primer cristianismo, genuino y martirial, que el movimiento pentecostal había tratado de revivir cien años atrás. Pensé que todo sería cuestión de buena educación teológica. Así que me fui al Colegio Bíblico Pentecostal a enseñar teología. Este era el Seminario de mi denominación y el único colegio bíblico acreditado fuera de los Estados Unidos continentales. Obtuve la Cátedra de Teología Sistemática que ostentó el Dr. Richard González por más de treinta años antes de retirarse. Me sentí optimista; sentía que podía hacer algo formando a los seminaristas que ejercerían el liderato pentecostal en el futuro.

Tomé mi nueva responsabilidad con pasión. Sin pausa enfaticé en la imperiosa necesidad de atender las incongruencias éticas y doctrinales. Lo único que me movió fue el convencimiento de que teníamos que actuar conforme a la Iglesia que descubrí en la Biblia; una Iglesia apostólica (Jn 15, 16; 20, 21; Lc 22, 29-30; Mt 16, 18; Jn 10, 16; Lc 22, 32 [Jn 21, 17]; Ef 4, 11; 1 Ti 3, 1.8; 5, 17), con autoridad (Mt 28, 18-20; Jn 20, 23; Lc 10, 16; Mt 28, 20), perpetua (Is 9, 6-7; Dan 2, 44; 7, 14; Lc 1, 32-33; Mt 7, 24; 13, 24-30; 16, 18; Jn 14, 16; Mt 28, 19-20, infalible (Jn 16, 13; 14, 26; 1 Ti 3, 15; 1 Jn 2, 27; Hch 15, 28; Mt 16, 19). Otra idea bíblica que me martillaba la cabeza constantemente era la unidad completa (espiritual y visible) de esa Iglesia (Jn 10, 16; 17, 17-23; Ef 4, 3-6 [cf 3, 21; 4, 14]; Rm 16, 17; 1 Co 1, 10; Flp 2, 2; Rm 12, 5; Col 3, 15). Y ni se diga la contrariedad que me quitó el sueño por mucho tiempo cuando me confronté con el testimonio acerca de la Iglesia Católica de los llamados Padres de la Iglesia, en los primeros siglos de la era cristiana: San Clemente Romano (97 d.C.), San Justino Mártir (155), San Ignacio de Antioquía (165), Tertuliano (197), San Cipriano (250) y San Agustín (397), entre otros.

Cuando constaté el fondo eclesial de la Biblia y del cristianismo primitivo, se me comenzó a aparecer la Iglesia Católica como la verdadera Iglesia de Jesucristo.

Mi optimismo inicial en el Colegio Bíblico se convirtió en una profunda tristeza. Sabía que era responsable del destino eterno de muchas almas. Sabía que un ministro mal formado o con distorsiones éticas era un peligro. La desilusión fue inminente; yo me mortificaba señalándole a todos lo que decía la Biblia, Jesucristo, sus apóstoles y los Padres de la Iglesia, y ellos insistían en suspirar por ministerios deslumbrantes, construcciones majestuosas y exposición en los medios.

Así que me concentré en la oración y el estudio profundo de la Biblia y la historia. En medio de esta búsqueda se hizo evidente que el problema radicaba, a la luz de la Iglesia que constatamos en la Biblia y los Padres, en cuál de las pretendidas iglesias se encontraba la plenitud de la gracia y del conocimiento divino (cf. Mt 28, 19-20; Jn 20, 30; Ga 1, 9; Ef 1, 22; 2, 21; 1 Ts 2, 7; 2 Ts 2, 15; 1 Ti 3, 15; y 1 Jn 2, 19; 4, 6).


La verdadera Iglesia de Jesucristo

Me mortificó ver que, a pesar de que Dios proveyó el Espíritu Santo para conducirnos a la verdad completa, al conocimiento pleno y a una relación de donación de sí mismo (Jn 16, 12-15 [Rm 8, 14-17.23-27]), lo que se podía verificar era una funesta realidad religiosa de división, de fragmentación y de oposición entre los seguidores de Jesús. Cada vez que me fijaba en el espectro religioso de nuestro entorno pentecostal para identificar una respuesta o clave de solución, se me hacía más evidente una escandalosa realidad de relativismo religioso por la división que acusaba a nuestro Señor de mentiroso, pues él había urgido y anunciado lo contrario de su Iglesia (Jn 17, 20-26; Hch 2, 42-43; 1 Co 1, 10; Ef 4, 1-6; Etc.). La realidad que tenía de frente me denunciaba a un montón de espíritus que aducían ser el Espíritu Santo, pero que referían a muchas verdades diversas y contradictorias entre sí. Tuve que reconocerlo: la división entre los cristianos no sólo atentaba contra la disposición eclesial de Jesús, sino que también era la causa principal de la incredulidad (Jn 17, 21.23).

Aquel mundo protestante y de sectas no podía ser la Iglesia que Cristo convocó para su gloria, para remitir a su reino y señalar su verdad (¡en singular!).

Estaba seguro de que Jesús no se había equivocado; de que había una sola verdad que conduce a un solo Señor, y de que para mayor gloria de Dios esta verdad debe ser transmitida sin ambigüedades por una sola Iglesia (Ef 3, 21; 4, 3-6.14-15). La evidencia bíblica, el sentido común y la historia me señalaban a la Iglesia Católica como la Iglesia de Jesucristo, la original y la única. De hecho, ningún protestante, por más anticatólico que fuese, podía negar que la Iglesia de Jesucristo que conocemos como Católica, se mantuvo constantemente diciendo y estableciendo la verdad; sobre la Trinidad (Nicea, 325), la personalidad divina de Cristo (Efeso, 431), la divinidad del Espíritu Santo (Constantinopla, 381) y hasta sobre el canon bíblico (Cartago, 493, y Roma, 497). En adición, todas estas verdades echaban por tierra la hipótesis anticatólica de la corrupción de la Iglesia por Constantino y el Edicto de Milán de 313. ¡Se suponía que la Iglesia Católica se hubiera corrompido en esa fecha!

Vez tras vez, evidencia tras evidencia, me indicaban una realidad que me obligó a reconocer que era muy probable que la Iglesia Católica fuera la Iglesia de Jesucristo, y que era muy improbable que nuestras diversas iglesias (¡más de 30,000 en 1999!) fuesen esa única Iglesia del Señor, con todas las notas que correspondían al pueblo de Dios en el nuevo testamento.


No quería hacerme católico


Durante este proceso de conversión resistí al catolicismo con todo lo que tenía a mi alcance. Cuando la excelencia y la veracidad de su doctrina me alcanzaron por fin, es decir, cuando mis reservas de índole bíblico, teológico, histórico (en especial cuando caí en la cuenta de la existencia de una leyenda negra rabiosamente anticatólica) y espiritual (cuando entendí que la piedad católica, sobre todo la mariana, estaba cimentada en un sólido fundamento teológico que se gesticula y expresa a través del comportamiento y del lenguaje del amor, tal y como me conduzco cuando expreso con gestos y palabras controvertibles el amor y la pasión que siento por mi esposa [«soy sólo tuyo y de nadie más; te adoro, mi amor; eres la razón de mi vida», etc.]) se desvanecieron, opte entonces por hacerme de la vista larga y seguir sin hacer caso a la voz de mi conciencia y de mi razón: decidí continuar con mi ministerio, ocultando mis descubrimientos y tratando de demostrar que creía lo que predicaba y enseñaba. Siento mucho admitirlo, me da vergüenza, pero la verdad es que decidí actuar en adelante como un hipócrita. “No quiero hacerme católico, no me conviene, no me caen bien.”


Encuentro con la Eucaristía


Aceptando el reto lanzado por un fraile capuchino fui a ver una Hora Santa. El religioso me enteró de una comunidad “muy eucarística”, que tenían exposiciones del Santísimo programadas, y que se aprestaban esa misma noche a celebrar una adoración eucarística. Y me remitió a la parroquia Santa Bernardita, de Country Club, esa misma noche a las 7:30.

Quedé absorbido de inmediato por los detalles de ambientación y embellecimiento del altar, la ornamentación majestuosa del presbítero, una custodia hermosísima, incienso por el altar, luces de escenario, música sublime… y la disposición y devoción de aquellos fieles no tenían precedentes en mi memoria.

Hasta que caí en la cuenta de lo que hacían: ¡adoraban un trozo de pan!

Y para colmo el sacerdote le oraba con tanta seguridad y confianza, muy solemne, pero con familiaridad, similar a mis oraciones, pero él oraba con más convicción, como si de veras estuviera frente al Señor. Ese cura, y las cerca de 200 personas que le acompañaban, estaban convencidos de que lo que estaba colocado en la custodia los escuchaba, y de que era Jesucristo.

Se me ocurrió que si esas personas estaban equivocadas, y yo deseaba que lo estuvieran, entonces lo que me habían enseñado de niño era cierto a fin de cuentas: los católicos son idólatras. Durante algunos años me tuvieron a la defensiva con los temas y circunstancias que narraba al principio, pero ya no. Era imposible que estuvieran en lo correcto. Era increíble para mí que pensaran que adoran a Jesús y que se lo puedan comer.

Pero… y si están en lo correcto. El capuchino era un joven muy inteligente y creía sin ambigüedades en la antiquísima doctrina de su Iglesia al respecto.

No obstante, por alguna razón, sentía que ahora sí los había atrapado. Había analizado el punto de vista de la crítica protestante a la Iglesia Católica en este asunto y no le encontraba posibilidad a esa idea de la presencia real y verdadera del cuerpo y la sangre de Cristo en la misa, y mucho menos en los altares para culto de adoración. No podían tener la razón, ahora no.

De momento el sacerdote se levanta en procesión y comienza a ser seguido por sus acólitos. Tenía la custodia, la llevaba en solemne desfile. Las luces le seguían y el humo del incienso le precedía. A medida que se acercaba se escuchó el tintineo insistente de de unas campanitas. Y una vez más la excelente música y la voz bellísima de una joven se juntaron para cantarle a la presencia. Cuando tuve el Santísimo como a 10 pies de distancia se me ocurrió una idea para romper de una vez por todas con el catolicismo: “Si logro demostrar fuera de toda duda razonable, por la Biblia, que esta gente esta adorando a un trozo de harina cosida, y no a Jesucristo, entonces serán en realidad unos idólatras, unos alucinados que han estado confundidos o engañados por no atenerse a la realidad de los sentidos y por desconocer las escrituras. ¡Esto no esta en la Biblia!”

Y retomé la Biblia para contradecir y desenmascarar la falsedad de esa práctica idolátrica. Mi temor se convirtió en un apabullante optimismo, pues estaba seguro de que había descubierto la puerta para salir del atolladero en el cual me tuvo el catolicismo por los pasados tres años. Tramé primero desbaratar la legitimidad de esa práctica mediante el estudio bíblico, y luego, con el entusiasmo de aquella indudable victoria sobre la idolatría católica, podría volver a encarar los otros temas que me tenían a la defensiva frente al catolicismo.


Esta coyuntura fue para mí la posibilidad de lograr al menos un empate: “Si los protestantes estamos mal, ellos también, y si ambos estamos equivocados alguna salida habrá, como el agnosticismo o incluso otra religión.” Así estaban las cosas en mi corazón.

La Eucaristía según los evangélicos

Yo enseñaba teología sistemática en dos instituciones evangélicas y había repasado bien la noción de la Santa Cena en el ámbito de nuestras iglesias. Nuestra celebración de la Santa Cena respondía a una idea accesoria (=adjunta, accidental) de una imagen secundaria (no esencial o determinante) del partimiento (o fracción) del pan o de la eucaristía, según la cultura religiosa que fluía en nuestra tradición de parte de los grupos wesleyanos y bautistas de los cuales salieron nuestras denominaciones pentecostales. En consonancia con nuestra parca y escueta doctrina sobre este tema enseñábamos que la Santa Cena (o partimiento del pan o Eucaristía) era una remembranza de la cena pascual que tuvo Jesús con sus discípulos, que tenía un valor simbólico que aludía al sacrificio expiatorio de Cristo y cuya excelsitud estribaba más en el hecho de ser ordenanza (“hagan esto en recuerdo mío”) que de todo lo demás que pudiera constatarse en la Biblia, los Padres de la Iglesia y hasta en las iglesias de la Reforma protestante: «Celebramos de vez en cuando la Santa Cena porque Él lo mando como un acto simbólico (complementario [no necesario] a la predicación) de la muerte del Señor y porque ?y he aquí la gran aportación del pentecostalismo? era posible recibir un milagro de sanidad en ese momento.

La Eucaristía según San Pablo

Este profesor creía que el único texto eucarístico importante era 1 Co 11, 23-34, pero sobre todo los versículos 23 al 26; los demás (en especial del 27 al 34) eran consideraros como una explicación de las consecuencias de referirse al símbolo de la Cena sin gozar de la plenitud de la gracia divina. Para la celebración utilizábamos los versículos 23-26, y eran por lo tanto los que conocían nuestros fieles. Confieso que comencé a preocuparme cuando me percaté de la ineptitud de mi tradición, de los teólogos evangélicos y de mis primeros profesores pentecostales, al no tomar en consideración textos importantes con un inequívoco sabor eucarístico. Para comenzar, ni siquiera contábamos con una reflexión coherente de nuestros maestros y líderes con relación a las terribles consecuencias de enfermedad y muerte de 1 Co 11, 27-24 por causa del mal entendimiento de un símbolo, de algo que según nosotros era prescindible de la sustancia y la definición pentecostal del culto cristiano. Y otro tanto de desesperación me invadió cuando di al traste con la poca consideración que dábamos a los relatos de la institución de la Eucaristía (Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20) ni de su sugestivo contexto pascual, ni de su trasfondo sacerdotal (Gn 14, 17-20) y soteriológico (Ex 12), y mucho menos nos habíamos enterado del consenso que siempre ha existido en la opinión de que Jn 6, 25-59 y Lc 24, 13-35 son textos eminentes que destacan un valor trascendental a la Eucaristía, o la Cena del Señor, o como hayamos querido llamarle.

Pero, en cuanto a nuestro pasaje preferido de 1 Co, lo increíble es que tampoco subrayáramos su contexto literario, imposibilitando de esta manera el descubrimiento de otros aspectos, riquezas y beneficios de la Eucaristía. Y este contexto literario que añade significado al mencionado texto es 1 Co 10. Este capítulo 10 sirve a la intención de Pablo de exigirle a sus lectores que frente a la mesa eucarística ellos tienen que decidirse (10, 20-21): la mesa del Señor o la mesa de los demonios. Con esto quiere matizar que frente a este acontecimiento cumbre del culto cristiano, todos tienen que tomar una decisión definitiva y radical. Luego, al combinarlo con el capítulo 11, pude comprender el valor de la Cena según San Pablo, al señalarla como signo de contradicción (en el capítulo 10): motivo excelente de conversión y razón de ser de una vida íntegra delante del Señor y de los hermanos, y esto, porque en este acontecimiento del partimiento del pan y de la “copa de bendición” tenemos comunión (común?unión) con el cuerpo y la sangre del Señor (10, 16).

Entonces pude ir sobre el capítulo 11, en especial por los versículos enigmáticos del 27 al 31. Tomemos el 29: dice que en esta Cena (que para mi era un recuerdo por referencia simbólica) se es juzgado por Dios si no se discierne el cuerpo y la sangre del Señor. Este no es el lugar para discurrir sobre disquisiciones exegéticas del texto en cuestión, pero la realidad es que “discernir” (diakríno) se refiere aquí a “darse cuenta” (determinar; decidirse por la realidad de lo que está de fondo; distinguir la verdad de lo que está frente a uno) de la presencia que subyace frente a uno en la mesa del Señor. En la antigüedad el cernidor (del verbo “cernir”) era un instrumento para separar (o para dis-cernir) el trigo de los demás componentes de la planta y de la tierra, pero también de otras plantas que podían confundirse como verdadero trigo. El discernir con el cernidor era la acción de darse cuenta, de identificar, de establecer un juicio certero de que lo que quedó después del ejercicio discernidor fue el trigo de verdad, lo que en realidad se buscaba, lo que importaba y daba sentido a la búsqueda. En otras palabras, el que no se da cuenta del verdadero cuerpo (mé diakrínon tó sóma [v. 28]) del Señor, el que no descubre esa realidad maravillosa que es Cristo mismo, se está metiendo en un grave problema que puede costarle la salud o la muerte (11, 30) ?Ahora sí tenía sentido eso de las consecuencias nefastas de enfermedad y muerte para los profanadores, es decir, para aquellos que menospreciaban, que no distinguían, que no se decidían, que no se daban cuenta del auténtico cuerpo de Cristo. El Dios del nuevo testamento no iba a matar a alguien simplemente por haber mal interpretado un mero símbolo?.

La Eucaristía según San Juan

Lo próximo fue el capítulo 6 de San Juan, versículos 22-71. ¡Increíble!: más de 40 versículos que versan sobre la Cena del Señor. Un pasaje bíblico impresionante que el catolicismo utiliza para sustentar su fe inamovible en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

Las
referencias anti-presencia real a las que había recurrido veían un sentido “oscuro” este capítulo, o sea, no evidente o claro, sino que la plática de Jesús a sus interlocutores incrédulos debía entenderse siempre en sentido figurado. Una vez más se recurría al símbolo, a la Eucaristía como una representación, sólo como una referencia pedagógica tipo metáfora y cuya observancia de nuestra parte (no muy frecuente, por cierto) mostraba el grado de cumplimiento de un deseo del Señor: “hagan esto”.


Pero ahora, yendo sobre el pasaje en cuestión y mientras me refería a la otra cara de la moneda, es decir, cuando decidí ir sobre las palabras, escudriñándolas y tomando en serio la repercusión de la intransigencia del Señor y del empecinamiento de San Juan evangelista, pude descubrir el verdadero sentido de Jn 6, 22-71.

Lo primero que me señaló una interpretación literal de Jn 6 fue el sentido natural y recurrente de las palabras del Señor a través de todo el capítulo, de manera insistente y sin importar la resistencia de los incrédulos, ni las consecuencias para el éxito numérico de su ministerio o la reacción de sus simpatizantes (cf, 6, 2-3. 14. 22-23. 60.): “yo soy el pan vivo bajado del cielo”, “quien come de este pan vivirá para siempre”, “y el pan que voy a dar es mi carne, la cual entregaré por la vida del mundo”, “mi carne es verdadera comida… mi sangre es verdadera bebida”, “el que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”, “el que me coma vivirá por mí”, “si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros”, “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”, etcétera. Esta obstinación, reiterada y con tanta fuerza, no sólo desde el punto de vista de la interacción de los personajes en cuestión, sino también desde la óptica del lenguaje tenaz, gráfico, directo y sin ambigüedad de ningún tipo, se hace patente aquí en Jn 6; no hay precedente que pueda sugerir que una narrativa y diálogo como estos aludan a un entendimiento exclusivamente simbólico.
Junto a este sentido natural y demandante que anuncia la significación literal del pasaje en cuestión, y que por lo tanto lo señala como evidencia de la presencia real de Cristo en la Santa Comunión, tenemos el hecho de que Jesús no corrige la interpretación literal de sus oyentes. Esto es importantísimo porque es harto conocido y aceptado que una característica de este evangelio es que cuando, o cada vez que el Señor es mal interpretado o mal entendido, Él siempre corrige. Siempre: 3, 5; 4,34; 7, 38-39; 21, 21-23 (y hasta en Mt 16, 6ss). Pero aquí, de manera atípica, y por lo tanto desconcertante para mí, El Jefe no corrigió, no se echó para atrás, no lo echó a votación ni les dijo que cada cual podía tener su propia idea o interpretación porque, total, somos hijos de un mismo Padre y le servimos a un mismo Dios. Algunos dirían: “¡qué falta de perspectiva democrática, y de pluralidad, y de diálogo, y de tolerancia!... ¡pero qué nivel de intransigencia, y de integrismo, y de arrogancia!... ¡no está a la altura de los tiempos, carece de enfoque histórico crítico, no es capaz de un discurso estructuralista consecuente con la mentalidad de los que no piensan como él! ¡Es un fundamentalista!” El Señor es un buen maestro y quiere que todos lleguen al conocimiento de la verdad, y por lo mismo, ahora, cuando tiene una multitud cautiva de 10 mil personas que lo seguían, se vuelve a ellos para decirles lo que él cree, lo que quiere, la verdad, de frente, duro, sin tapujos ni relativismos acomodaticios: tenían que comérselo y bebérselo.
Lo tercero que me señaló una interpretación literal de Jn 6 fue que no encontré en toda la Biblia algún precedente que exprese a pan y vino como símbolos de cuerpo y sangre. En efecto, lo pude corroborar: no existe ninguna referencia bíblica que proponga una comparación espacial semejante, no hay ni siquiera una sola identificación simbólica de pan y vino como cuerpo (“carne”) y sangre… ninguna, nada de nada. Lo próximo fue el versículo 51b, que según la versión evangélica de mi Biblia Reina-Valera de 1995, decía: “y el pan que yo daré es mi carne, la cual entregaré por la vida del mundo”. Volví a leerlo. Lo meditaba y estudiaba, y pude así encontrar su repercusión literal ?o “literalista”, como señalábamos despectivamente a la versión católica?, a tono con todo lo que ya había desenvuelto.


Sabemos que Juan tenía una lucha acérrima en contra del gnosticismo, una herejía que circundaba la comunidad para la cual escribía y que enseñaba, entre otras cosas peligrosas para la supervivencia de la fe cristiana, que Cristo había venido en apariencia, en espíritu, porque la carne era mala (la prisión del espíritu y del alma y la coartadora de la verdadera y más conveniente divinización, que era la meta de los aventajados por una condición inherente a su superioridad espiritual). Pensaban que el Verbo de Dios no pudo haberse manchado mediante el contacto con el principio de corruptibilidad, con la materia, con carne, en un cuerpo humano convencional, limitante, no divino. Por lo tanto, Cristo, como Verbo encarnado, no murió en la cruz. “Lo perfecto es eterno, espiritual, no corpóreo, no físico, no puede morir: Cristo no murió” ?El apócrifo gnóstico de Tomás dice que el Señor les hizo pensar que murió, y que comía y dormía, pero él más bien los engañaba?. No es difícil para ninguno de nosotros suponer el riesgo que esta corriente representaba si se infiltraba y repercutía en el cristianismo, sobre todo si entendemos a este último como la expresión de la verdad de Dios que deviene a partir de la versión judía de la revelación, y que logra su cumbre y sentido total en las personas y la palabra de Jesucristo, sus apóstoles y la Iglesia (el nuevo Israel). Es decir, que este “detalle” de la peligrosidad gnóstica es entendible para nosotros, los que aceptamos la naturaleza judeo-cristiana de la verdad que nos condiciona y define (revelación, alianza (pacto, testamento); encarnación (a propósito, ver alusión a la encarnación del verbo de 1, 14, en 6, 41-42, y cómo los judíos que resienten el lenguaje literal de Jesús son propuestos como no elegidos [v. 43]), vida, pasión, muerte y resurrección corporal de una persona 100 por ciento Dios y 100 por ciento humano), que todos tenemos acceso a los beneficios de Dios, en y por Cristo, y no solamente unos cuantos privilegiados y sabiondos de una cierta provisión misteriosa , como aducían los gnósticos. Pues bien, la repercusión de Jn 6, 51b es que la carne que se nos dará para comer es la misma que padeció en el Gólgota. Y esto, teniendo presente la disyuntiva del evangelista con la herejía gnóstica. Juan estaba muy consciente de que la carne que daría Jesús para comer no podía ser mal entendida como algo etéreo e incorpóreo, y por lo tanto tan indeterminado como un fantasma. Juan, en línea con la predicación apostólica, pregonaba la vida humana, pasión, muerte y resurrección de un hombre de carne y hueso llamado Jesús de Nazaret. Ése mismo es el que se da como pan, se da a sí mismo, tal real y literal como lo tenía fijado el evangelista en su mente.
Lo siguiente que me señaló una interpretación literal de Jn 6, fue la imposibilidad de encontrar en la Biblia un precedente simbólico de comer la carne y beber la sangre que fuera coherente con el relato de Jn 6, 22-71, y que pudiera fundamentar una salida alegórica a este problema ?Ya lo consideraba un gran problema y estaba muy asustado. «La verdad católica de nuevo»?.
Resultó que siempre que la Biblia habla simbólicamente de comerse la carne o beberse la sangre de alguien (cf. Is 49, 26; M 3, 3), implica perseguir sangrientamente o destruir a una persona o a un pueblo”. Si era consistente con este antecedente simbólico y lo aplicaba al pasaje de Jn, tendríamos al Señor diciendo que aquellos que lo persigan, castiguen, le falten el respeto, lo injurien y lo destruyan, serán recompensados con la vida eterna (viz., 6, 50. 54.), tendrán vida en ellos (v. 53), vivirán por el Señor (v. 57) y vivirán para siempre (v. 51. 58.). Sólo un loco podría aceptar una aplicación tan disparatada. Entonces, una identificación simbólica de las afirmaciones comer y beber carne y sangre, tal y como aparecen en Jn 6, es imposible.
Otro hallazgo que me señaló una interpretación literal de Jn 6, fue el cambio de verbo ocurrido en el versículo 54. Hasta el v. 53 el Señor habla de comérselo, y para ello Juan utiliza el verbo fagéin (afagon, fáge, fagete), que es la palabra más común para designar el acto de comer, como consumir o ingerir alimentos. Ustedes saben que el nuevo testamento se escribió en griego koiné, y que se trata de una lengua muerta que no guarda correspondencia exacta con los idiomas que han bebido de él, como el español, por ejemplo. Pues lo que pasa aquí es que no hay un conseguimiento preciso de este cambio de conceptos, y por eso no aparece dicho cambio en nuestras versiones modernas. Sin embargo, se da un cambio significativo. Verán.
Fue en el instante más neurálgico de la discusión, cuando lo judíos lo impugnaban ?¡por última vez en el capítulo!? preguntándose “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?, que El Jefe cambia la palabra comer, de fagéin y sus derivados, a trógon (ho trógon mou tén sarka), lo cual implica una matización mucho más radical aún que señala indudablemente un sentido literal franco e indefectible. No me quedó más remedio que reconocer la verdad que tenía de frente: Ahora, en este preciso momento de incredulidad y de minusvalía de parte de los judíos hacia Jesús, este se atreve a cambiar, de comer o ingerir su carne, a morder, mordisquear, mascar, mascullar, roer; denota un proceso lento de carcomer, supone un énfasis perentorio en el acto de comer, como si se estuviera avanzando conscientemente en la ingestión inflexible de un alimento.
Busqué si se repetía el término en este evangelio y lo encontré en 13, 18, una vez más, en contexto eucarístico, mientras se efectuaba la última cena de Jesús con sus discípulos. Supe que me estaba metiendo en un problema. La Eucaristía como símbolo no tenía fundamento en Jn 6.
Y se me hizo patente cuando me aferré a cierta idea de los partidarios de la interpretación simbólica de Jn 6. Me sentí tan ridículo cuando descubrí la idiotez de esa posibilidad simbólica de cierto versículo del capítulo 6 de San Juan.
¿Y cuál era el argumento que presentaba a la Eucaristía como símbolo en jn 6? Pues el versículo 63: “El espíritu es el que da vida; la carne no sirve de nada”.

Desconcertante, ¿ah? ¿Con que el Señor a estado diciendo que su carne y su sangre son para vida eterna y comunión con el Padre y con él, y ahora se contradice para significar que su “carne no sirve de nada”? Es insólito hasta dónde son capaces de llegar algunos para defender lo indefendible, porque cuando empecé a auscultar la opinión de algunos colegas ministros me respondían con el argumento de Zwinglio, ese de que Jesús se contradecía para decir que la carne que padecerá por nosotros y por la cual seremos alimentados para vida eterna, no vale nada, es nada, como basura, igualito que los gnósticos. Entonces aquella herejía era la verdad, si es que son consecuentes en su interpretación y continúan con la misma apreciación de la frase “El espíritu es el que da vida”. Esto sería incluso un intento atroz de preferir una noción heterodoxa y por lo tanto dañina, con tal de menguar un principio de literalidad como sentido correcto de un texto bíblico por el simple hecho de que no me conviene, o porque se supone que los católicos siempre estén mal.

Ya me había metido bastante con el evangelio de Juan y sabía a qué se refería el Señor en el versículo 63.

Las palabras en cuestión se refieren a uno de dos sentidos por los cuales Juan usa sarx (carne): como sinónimo de mentalidad o actitud carnal, como una mente dominada por las cosas materiales, que juzga según los sentidos (cf., 8, 15) ?esos sentidos que esbozábamos como lo concluyente en materia de la presencia real y la Eucaristía?, que se aferra a lo natural y por lo tanto no descubre la verdad espiritual que determina los asuntos divinos. Por eso, lo que se devela aquí es más bien otra prueba de la noción literal de presencia real, y así lo remacha sin duda el final del versículo 63: “Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.” O sea, las palabras del Señor con relación al pan de vida expresan una realidad divina que sólo el Espíritu es capaz de hacernos comprender y que por lo mismo es brote de vida eterna para los creyentes (cf., Jn 1, 33; 14, 26).

Tuve que reconocer que este acontecimiento que ha celebrado la Iglesia Católica por 2,000 años, con tanta fe y a un costo tan alto, supone una poderosa presencia especial de Dios. Una presencia que tiene que producir una excelente oportunidad de conversión. Esta oportunidad que provee Dios en la Eucaristía se constituyó para mí en una fuente reconciliación y de liberación también.

Y de esta manera tuve que actuar de acuerdo a mi conciencia, convencido y poseído de esta gran verdad de la Iglesia del Señor: una, santa, católica y apostólica. No me quedó más remedio. Tuve que renunciar a mi ministerio. Sufrí mucho.



Otras cuestiones



Otros temas con los cuales tuve que lidiar fueron: la excelencia de la Virgen María y la importancia de su rol en la historia de la salvación, el culto a Santa María y a los santos, el primado de san Pedro y la institución del papado, el bautismo de infantes y el sacramento de la Confesión. Siempre, sin excepción, encontré una respuesta contundente a favor de la Iglesia Católica Romana.

Aunque tengo que reconocer que no siempre descubrí la Verdad católica por iniciativa mía, sino sin quererlo; de hecho, por mucho tiempo me resistí, pues no quería hacerme católico.

Hasta que me encontré retando al Señor sometiéndome, por ejemplo, al sacramento de la Reconciliación (Confesión), y predicando en mi iglesia pentecostal, y en otras que me invitaban como evangelista, sobre la Virgen María, y negándome a rebautizar al modo protestante, y enseñando la versión católica de la teología a nuestros seminaristas evangélicos, y un largo etcétera.



Un alto Costo



Sobre los inconvenientes y las crisis vocacionales, familiares y económicas sólo las platico con las comunidades que nos invitan. Pero no debe ser difícil para nadie imaginar lo mucho que tuvimos que sufrir.

Y aquí me encuentro ahora, en la Iglesia de Jesucristo. Yo hubiera preferido otro método, pero el Señor lo dispuso así. Hay cosas que nunca comprenderé del todo. ¿Por qué señaló a Pedro como el primero? Juan era mejor. ¿Por qué escogió a Judas Iscariote como tesorero? De seguro Mateo le hubiese resultado mejor, pues había sido CPA del Imperio (publicano). ¿Por qué no hizo que la Biblia fuese suficiente? ¿Por qué no se limitó a poner sólo gente santa, perfecta, casta y pura en Iglesia Católica para hacerme el trago menos amargo? ¿Por qué permitió que yo sufriera la afrenta y el escarnio público por hacerme católico, si pudo haberme hecho nacer en esta Iglesia y ahorrarme problemas? Total, lo que él quería conmigo lo pudo haber realizado comoquiera.

Sólo se me ocurre una explicación para todo esto: ¡ÉL ES EL SEÑOR!

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13- Responsables desde niños

Vaticano: Jornada de Responsabilidad en el Tráfico 2007

Mensaje del Obispo Promotor de la Pastoral de la Carretera


1 de julio de 2007

Fiel a su cita anual en el primer domingo de julio, la Pastoral de la Carretera quiere seguir aportando su contribución a la solución de un problema permanente, cuya gravedad todo el mundo reconoce: la seguridad vial.

Recientemente, a fines del pasado mes de abril, se celebró el “Día de la Seguridad Vial”, destinado este año a los conductores jóvenes, y promovido por la ONU, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Unión Europea (UE).

El Papa Benedicto XVI quiso sumarse a la campaña con este mensaje breve y certero: “Por desgracia, todos los días, especialmente los fines de semana, se producen en las carreteras accidentes con numerosas vidas humanas trágicamente truncadas, y más de la mitad son jóvenes. Durante los últimos años se ha hecho mucho para prevenir estos trágicos sucesos, pero se puede y se debe hacer aún más con la colaboración y el esfuerzo de todos. Es preciso combatir la distracción y la superficialidad, que en un instante pueden arruinar el futuro propio y el ajeno. La vida es valiosa y única: se debe respetar y proteger siempre, también con un comportamiento correcto y prudente en las carreteras”.

Este diagnóstico general del Santo Padre vale también para nuestro país. Parece ser que felizmente, y gracias a las sucesivas medidas adoptadas por la Administración del Estado, va bajando en España el número de accidentes mortales en las vías públicas. Es un motivo de alegría, claro está. Pero el aún elevado número de fallecidos -3.017 el año 2006- y de heridos nos sigue exigiendo un continuo y denodado esfuerzo de superación si queremos alcanzar ese objetivo marcado por la UE para el año 2010: reducir a la mitad los accidentes de tráfico. Como dice el Papa: “se puede y se debe hacer aún más con la colaboración y el esfuerzo de todos”.

El Departamento de la Pastoral de la Carretera, integrado en la Comisión Episcopal de Migraciones, quiere seguir prestando esa colaboración; y teniendo en cuenta los mensajes de los últimos años, ha considerado conveniente centrar en los niños su mensaje de este año, con el lema “Responsables desde niños”.

No es un tema novedoso ni mucho menos. Desde hace varias décadas la Pastoral de la Carretera ha fijado varias veces su atención preferente en los niños y ha intentado recoger y divulgar esta honda preocupación, tan humana y cristiana. Si toda persona es digna de respeto y protección, ¡cuánto más un niño! Así lo reconoce también la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU al afirmar que “la Humanidad debe al niño lo mejor que puede darle” y subrayar que el niño tiene derecho “a una protección especial para su desarrollo físico, mental y social” y “a formarse en un espíritu de solidaridad, comprensión, amistad y justicia entre los pueblos” (nn.2 y 7). Los discípulos de Jesús debemos imitar al Maestro en su cariño para con los niños y en la defensa de éstos ante la incomprensión de los adultos.( cfr. Mt 19, 13-15).

1.- Educar al niño

El niño tiene derecho a recibir una educación integral, que comprenda también su responsabilidad en la vida comunitaria y ciudadana. En esa educación debe entrar, desde los primeros años y de forma progresiva, la educación vial, formando al niño para la convivencia y dotándole del mejor sistema de autoprotección ante los muchos y graves peligros que día tras día comporta el creciente volumen del tráfico.

Educar al niño en esta materia es ayudarle a que vaya creando en él lo que pudiéramos denominar “un sentido vial”, una conciencia clara de que forma parte de una comunidad que se mueve como peatón o con toda clase de vehículos: coches, camiones, motos, bicicletas…, con muchas e innegables ventajas para la vida moderna, pero también con graves riesgos para sus vidas o su integridad. Este “sentido vial” es de primordial importancia dentro de la educación integral que el niño debe recibir.

Con sentido de realismo, esta educación deberá prevenir los peligros, pero sería pobre y unilateral si no ayudara al niño a ir reconociendo y apreciando los aspectos positivos del complejo mundo del tráfico: el sacrificio de los profesionales del volante, el desvelo de los agentes de la circulación, la racionalidad de las normas, los avances de una tecnología que nos brinda vehículos cada vez más seguros y confortables, las múltiples ventajas que reportan a las relaciones humanas, a la economía y al turismo, las satisfacciones de una conducción prudente y de un tráfico bien regulado…


2.- Los primeros educadores, los padres

Todo el conjunto de la sociedad ha de tomar parte en esta educación, asumiendo el correcto comportamiento vial como un componente fundamental de la socialización general del niño.

Pero nadie puede poner en duda que, como en otros muchos aspectos, son los padres los primeros y mejores educadores de sus hijos, modelando desde la más tierna infancia su carácter y creando en ellos hábitos de reflexión y responsabilidad. También en este aspecto de la educación es fundamental el ejemplo de los propios padres, ya que los hijos pequeños se miran en ellos como en verdaderos espejos. Como peatones y como conductores o viajeros, los padres irán educando a sus niños con sus recomendaciones y observaciones, pero, sobre todo, con su modo de comportarse. Porque nada arruina tanto la educación vial que se trata de inculcar como la conducta incorrecta de los propios padres en la calle o en la conducción de sus vehículos en presencia de sus niños.

Se ha dicho acertadamente que los padres, así como enseñan a sus pequeños a andar, deben enseñarles también a circular. Con cariño y dulzura, sí, pero con firmeza. Es una exigencia urgente de la conducta ciudadana en la sociedad actual.


3.- Otros educadores

Como en otros aspectos de la vida, la labor educativa de los padres debe ser complementada por el centro escolar, en sus diversos niveles, uniendo información y auténtica formación, y cumpliendo con fidelidad la normativa establecida a este respeto por la legislación vigente. Cuanto hemos dicho de los padres sobre el “sentido vial” que hay que suscitar en el niño, vale también para la escuela. El tráfico ha de ser propuesto como una de las más importantes formas modernas de convivencia, con todo lo que ello exige de propio dominio y auto limitación, de cortesía, de servicio a los demás y de ayuda mutua.

También la comunidad eclesial puede y debe cooperar en esta tarea educativa, de modo especial a través de los centros escolares de titularidad religiosa y de la catequesis, fomentando sobre bases cristianas los valores de la convivencia cívica.


4.- La educación del niño como peatón

Todos los educadores – padres, abuelos, hermanos mayores, responsables de centros escolares …- han de tener en consideración este aspecto, uniendo advertencias y consejos a protección cuidadosa y a ejemplos de comportamiento prudente y correcto.

Como usuario de la vía pública, el niño debe ser formado en el conocimiento y respeto de las señales de tráfico (pasos de peatones, semáforos, salidas de garaje, zonas reservadas…). Se le enseñará a no jugar en lugares de peligro, a caminar por la acera lejos del bordillo, a prestar especial atención al cruzar la calle, a llevar señales reflectantes en su indumentaria cuando camine de noche, a prestar su ayuda, en lo posible, a personas ancianas o discapacitadas y a niños más pequeños que él.

El niño es, de suyo, espontáneo y vivaz, irreflexivo e inquieto, amante del juego y poco previsor de los peligros, imprevisible en sus movimientos. Por todo ello, juntamente con los ancianos y discapacitados, el niño tiene derecho a ser especialmente protegido, ayudado y defendido. Hasta que adquiera progresivamente el suficiente desarrollo físico, intelectual y moral, los adultos debemos protegerlo con sumo cuidado, también en todo lo referente a la circulación. Todo conductor prudente deberá conocer y tener en cuenta esta sicología tan especial y así extremar las precauciones cuando se encuentre ante la presencia de los niños o circule en lugares frecuentados por éstos. La previsión y la prudencia son particularmente necesarias en estas circunstancias para no tener que lamentar daños irreparables.


5.- La educación del niño como viajero o pasajero

En la actualidad la gran mayoría de los niños nace y se cría en familias que disponen de uno o de varios vehículos. De ahí que estos futuros conductores gusten y padezcan, desde los primeros días de su existencia, las condiciones de viajero, primero en el coche familiar; muy pronto, a menudo, en los autobuses del transporte escolar.

También en este campo el respeto debido a la dignidad del niño obliga a padres y demás responsables a protegerlo de todos los riesgos previsibles y a garantizarle un viaje seguro y confortable. Para ello es necesario tomar medidas eficaces para evitar que, en caso de accidente o de frenazo brusco, los niños puedan ser despedidos fuera del vehículo o sufrir choques violentos; nunca se les permitirá viajar en los asientos delanteros – ni siquiera en el regazo o los brazos de sus madres o personas mayores -; habrá de asegurarse el cierre de las puertas traseras y de sus ventanas; se utilizarán los cinturones de seguridad o asientos-sillas homologados y bien acoplados; se les enseñará a apearse cuando el vehículo esté parado y a hacerlo por la puerta de la derecha…

A medida que el niño vaya madurando en su capacidad de reflexión, este conjunto de medidas protectoras contribuirá a su formación, porque le ayudarán a comprender la complejidad del tráfico y los muchos valores que en él se ponen en juego.

Otro medio que también puede ser grato y eficaz para la formación de los futuros conductores es el manejo de los pequeños vehículos que se suelen regalar a los niños desde sus primeros años. Triciclos, bicicletas, cochecitos y, si es posible, el acceso a los parques infantiles de tráfico, pueden ayudar a los pequeños a ir conociendo las señales de tráfico y a adquirir los hábitos y reflejos que les van a ser necesarios cuando se conviertan en auténticos conductores el día de mañana.

* * *

He aquí, en breve síntesis, la aportación que la Pastoral de la Carretera en España quiere ofrecer, un año más, a la meritoria labor que la Administración pública y otros muchos estamentos de la sociedad vienen realizando en favor de una circulación más segura.

Este sencillo mensaje irá acompañado de la reflexión y oración de las comunidades cristianas, y, de modo particular, de la Eucaristía que se celebrará el primer domingo de julio en el santuario de Nuestra Señora de los Pueyos, en Alcañiz (Teruel), diócesis de Zaragoza, y que será retransmitida por TVE. Se procurará asimismo hacer la debida propaganda de la Jornada, mediante carteles y presencias en los diversos medios de comunicación social y con la actividad constante de no pocas delegaciones diocesanas.

Que Dios nuestro Padre, por la intercesión de Santa María del Camino y de los santos protectores de los viandantes, bendiga y proteja a cuantos circulan por nuestras carreteras y calles – en especial, a los profesionales del volante - y a cuantos velan por un tráfico más ágil y seguro.

Madrid, 1 de junio de 2007

Historia de Noticias: Flash Mi Patio

12- Amores que matan

Las lociones que matan a los rusos

Los hombres en Rusia, o al menos cerca de la mitad de ellos, están muriendo por beber alcohol no apto para el consumo humano, como lociones de afeitar.

Un estudio en Londres revela que más del 40% de los hombres rusos en edad de trabajar está arriesgando su vida al ingerir líquidos -como agua de colonia- que tienen altos niveles de alcohol, están disponibles ampliamente y son más baratos, pues no tienen impuestos.

Además de los perfumes, que llegan a contener hasta 97% de alcohol, un buen número de rusos también beben productos de limpieza e incluso anticongelantes.

Estos productos, señala el estudio publicado en Lancet, contienen muy pocas toxinas, pero son mortales simplemente por los altísimos niveles de alcohol que hay en ellos.

El estudio fue realizado por un grupo de investigadores británicos y rusos de la Escuela de Medicina Tropical e Higiene de Londres, quienes examinaron las muertes de 1.750 hombres ocurridas, entre 2003 y 2005, en la ciudad de Izhevsk en los montes Urales.

Los expertos entrevistaron a familiares acerca de los hábitos alcohólicos de los fallecidos.

Mortalidad

Los hombres rusos tienen una esperanza de vida excepcionalmente baja, de 59 años, comparada con los 72 años que tienen las mujeres. El abuso de alcohol contribuye al desventajoso índice.

La gente se está muriendo debido a la concentración de alcohol que se halla en productos listos para llevar y baratos
Profesor David Leon

Está probado que el consumo de alcohol, en general, es alto entre los rusos; sobre todo son populares los licores como el vodka.

El nuevo estudio se enfocó en el consumo de alcohol que no es para ser bebido.

"Estamos hablando de cosas como agua de colonia y lociones de afeitar que están ampliamente disponibles en kioskos y más baratos porque no son productos sujetos a impuesto", señala el profesor David Leon, cabeza de la investigación.

"Lo que es importante de lo que hemos hecho es la toxicología y todo lo que hay en varios de estos productos es agua y etanol, aparte de algo que les da un poco de aroma. La gente se está muriendo debido a la concentración de alcohol que se halla en productos listos para llevar y baratos".

"Esto debería regularse de forma más estricta", concluyó.

Nota de BBCMundo.com:

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11- La fuerza del Amor

La superación de un estado de coma en Polonia, nueva objeción a la ideología pro-eutanasia

DZIKOW, viernes, 8 junio 2007 (ZENIT.org).- La ideología pro-eutanasia y la expresión «paciente en estado vegetativo» están nuevamente en jaque vista la reciente evolución, en Polonia, del caso de un obrero: se está recuperando de 19 años de coma.

Las páginas del diario italiano «Avvenire» se hicieron eco el jueves de la experiencia de Jan Grzeb-ski invocando para los enfermos «vegetativos» el principio de precaución.

Un trauma craneal terminó precipitando al ciudadano polaco, en 1988, en un estado de inconsciencia. Los especialistas le dieron dos o tres años de vida. Sin embargo su esposa, Gertruda, mantuvo la esperanza y se ocupó de sus cuidados.

La reciente recuperación de Jan --padre de cuatro hijos-- de este estado, después de 19 años, le ha permitido conocer a once nietos.

«Mi esposa me ha salvado; no lo olvidaré jamás», declaro a la televisión polaca.

Subraya el diario católico italiano la renovada objeción que este suceso representa para cuantos invocan la eutanasia para enfermos en estado prolongado de inconsciencia. «La falta de consciencia no quita al hombre su intangible dignidad», escribe.

Denuncia igualmente cómo la noción de «estado vegetativo» que se emplea en algunos de estos casos induce erróneamente a pensar que el sujeto sea más un vegetal que un ser humano.

«Sería mejor evitar tanto la noción de "estado vegetativo" como hablar de privación "permanente" de la consciencia -añade-, porque no existe la certeza absoluta de que un paciente no pueda jamás volver en sí».

Advierte finalmente el diario: «No de eutanasia tienen necesidad estos enfermos, sino de amor, del que no se rinde ni se desanima. El de la esposa de Jan».

© Innovative Media, Inc.

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10- Las Tres Facetas de un Genio

LAS TRES FACETAS DE UN GENIO

Un amigo, aficionado a la música clásica, me vaticinó al prestarme varios casetes de Mozart, Vivaldi y Bach: «Cuanto más los escuches, más te gustarán. Suele ocurrir cuando la música es de calidad». Tenía razón. Los escuché hasta diez veces y cada vez me cautivaban más a diferencia de los superventas de moda que tras escucharlos dos o tres veces por radio terminaba harto de ellos.

En la personalidad de Juan Sebastián Bach (1685-1750) destacan tres rasgos: religiosidad, modestia y respeto por la tradición Cada uno se apoya en el anterior.

Religiosidad: todos los acontecimientos de la vida de Bach -dos matrimonios, viudez, extensa paternidad (20 hijos), prolífica producción musical -renuncia a la corte para trabajar en la iglesia de Santo Tomás de Leipzig-, todos, los vivió como una forma de experimentar la presencia de Dios. Su salmo favorito era el que pronunció Jesucristo moribundo: «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu». No es de extrañar que su esposa lo descubriera bañado en lágrimas cuando componía la música para esta escena de La Pasión según S. Mateo.

Modestia: acercarse a Cristo y escoger la música como medio de devoción y predicación hizo de Bach un hombre modesto que no se consideraba un genio sino un humilde trabajador del Reino. Algunos de sus discípulos se desanimaban al ver la facilidad con que su maestro componía e interpretaba. Él apartaba el halo de misterio y les aconsejaba: «Lo que hago es resultado de mi trabajo. Basta que os apliquéis como yo para que lleguéis a hacer lo que yo hago. Cualquiera puede llegar». Estas palabras, caritativas y sinceras, no ocultaron ni a la posteridad ni a sus contemporáneos el eminente talento del compositor que marcó la trayectoria de la música desde el barroco hasta nuestros días.

Respeto a la tradición: Bach, no creó su música de la nada. A diferencia de muchos intelectuales o artistas mediocres que se creen innovadores e independientes Bach, que sí fue único, gustaba de reconocer lo mucho que debía a sus maestros - Vivaldi en especial-, y advertía a sus discípulos de la necesidad de conocer a los artistas que les habían precedido y estudiar sus obras para componer música bella y original. El estudio de la tradición no ancló a Bach en el pasado sino que le dio alas para enriquecer la experiencia de sus antecesores con su propia genialidad.

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